domingo, 13 de octubre de 2013

Una noche como otra cualquiera

Había sido una noche como cualquier otra: apuestas, bebidas, peleas y mujeres. La lluvia que descansaba sobre sus hombros era también como cualquier otra: fría y pegajosa. La casa donde se resguardaron era una entre tantas, como cualquier otra: sobria, sencilla y humilde. Y la situación, el juego de miradas, las frases inacabadas. La misma escena de tantas otras noches. Una noche como cualquier otra.

Esa precisa noche, entre tantas otras, había jugado, pero no recordaba cuánto había perdido. Había bebido, pero la embriaguez lo había abandonado de golpe hacía ya tiempo. Había luchado, pero los moratones no palpitaban ni dolían, como los de otras noches. El agua sobre sus hombros parecía cálida, en consonancia con el resto de su cuerpo, aunque la habitación permaneciera aún fría.

Y el interior de la casa brillaba de manera antinatural.

miércoles, 29 de mayo de 2013

El bardo que solo a la luna llena cantaba

Su hogar siempre fue el camino.

Sus padres pertenecían a una troupe itinerante de artistas que formaban una gran familia. Nunca había conocido el calor de una casa, ni la amistad duradera, pues no permanecían en un mismo lugar más de una semana. En carromatos, visitaban pueblos a lo largo y ancho de Inglaterra y ofrecían sus espectáculos. Tenían un mecenas noble que le servía de acreditación para actuar por todo el país, pero aún así no gozaban de buena reputación. Se dedicaban a actuar en espectáculos sobre obras clásicas, en tocar en tabernas y fiestas populares, pero seguían cargando sobre sus hombros la inmerecida mala fama de liantes y estafadores que muchos falsos músicos itinerantes le habían otorgado.


viernes, 22 de febrero de 2013

La cama de los horrores

Con el corazón encendido en miedo, se introdujo entre las sábanas. Miedo, no a dormir y olvidar, sino a despertar. Miedo a cerrar los ojos y dejar de soñar.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Damocles invisible

Bajo aquel estrés constante que pendía sobre la Guardia, la atención y esfuerzo de los soldados se centró en su rol vital y principal: la defensa del débil. En esas circunstancias, con la concentración focalizada fuera de las murallas del castillo, nadie podía sospechar, menos averiguar, que algo se urdía en su interior. Con el amparo de los fatigados soldados, ocupados en otras preocupaciones, poco a poco se fue forjando una pesada y lustrosa Espada de Damocles, tan vigorosa y henchida de poder, que incluso aun pendiendo sobre la cabeza de quien lo hacía, su descenso se antojaba implacable. El destino del Reino, el aciago sino de la Guardia y de su máximo mandatario, se tejía con cautela y precisión en las mismas entrañas de aquella tierra, sin la sospecha de ninguno de sus habitantes.

lunes, 22 de octubre de 2012

De tambores y otros corazones

“Pum, pum. Pum, pum.”

Seguía tamborileando.

“Pum, pum. Pum, pum.”

Por más que se esforzaba, no parecía querer aminorar.

“Pum, pum. Pum, pum.”

sábado, 20 de octubre de 2012

Medio lleno o medio vacío

El pesimista ve el vaso medio vacío. El optimista medio lleno. El realista lo ve, sin embargo, completamente lleno: mitad agua, mitad aire.

El pesimista echa de menos lo que ha perdido. Recuerda que no volverá a recuperarlo y desespera hasta tal punto que olvida de la generosa porción de agua que aún le resta.

El optimista olvida la pérdida, olvida el dolor. Se centra en lo que tiene y en lo que puede llegar a hacer con él. Sólo quiere lo que ve, lo invisible lo destierra para siempre.

El realista recuerda. Sabe que donde ahora hay aire, antes hubo agua. No se olvida de la porción perdida de ésta, sino que usa esa memoria para no volver a perder el resto de agua que aún posee. Tampoco olvida al aire, aquel elemento invisible y desconocido que ha sustituido a su preciado líquido. El aire palia el dolor de la pérdida, rellenando el espacio que el agua dejó, a la vez que abre un nuevo abanico de posibilidades ante sí. Sigue en posesión de una suficiente porción de su querido y transparente amigo, a la vez que pretende descubrir qué hacer con el nuevo y misterioso elemento al que no puede ver, oír o saborear, pero que sabe que ahí está. Y sabe también que lo usará para su beneficio, aunque desconozca aún cómo.

viernes, 10 de agosto de 2012

Tambor incansable

Arriadas las velas, la nave bajó sus remos y el tambor comenzó a sonar. Sobre la cabeza del capitán del navío se dibujaba una tormenta, tan imposible de esquivar que decidió cruzar. “El ojo de la tormenta, allí habrá paz”, reflexionó y el repiqueteo del tambor así obedeció. El mar se agitaba con la tempestad pero las palas lo cortaban con bravura igual. El tambor sonaba con mayor presura a las órdenes del capitán. La embarcación se adentró en la tormenta, el ritmo del tambor seguía creciendo, conforme la oscuridad aumentaba a la par. Los vientos se volvieron tan violentos que a punto estuvieron de zozobrar, pero el incansable tambor y los remos que al unísono se movían capearon el temporal.

Cruzada ya la zona de mayor fiereza, que había besado la proa con fuerza, seguían buscando el centro de la tormenta. El tambor sonaba aún ligero, presto a cualquier otro brusco cambio del tiempo. Surcaban las bravas olas, cortaban el turbulento mar, pero no lograban encontrar el ojo de aquella demente tempestad. Ni tan siquiera alcanzaban a vislumbrar el final de tan agónica huida.

El tambor seguía su ritmo incansable. Los brazos del tamborilero podrían seguir así hasta el alba mas, ¿cuánto podría aguantar el pellejo que vibraba tras cada golpe? ¿Cuánto aguantarían las dos docenas de almas que movían los largos remos bajo la tempestad? Ni centro ni fin de la tormenta se atisbaban, pero el tambor no dejaba de sonar.