No, no soy uno de
esos bebés que nacen arrugados y se van estirando, rejuveneciendo con el tiempo.
Soy un joven, un hombre con más tres décadas de existencia, pero hace unos
minutos ni vivía. Quizá como una incipiente idea, gestándose poco a poco hasta
dar forma a mi persona. Pero ser, lo que se dice ser, sólo soy desde que la
primera frase fue escrita aquí. Ni un segundo antes.
A decir verdad, ésta
es sólo una forma simplificada de describirlo. En realidad no acabo de nacer,
sino que nací con 34 años. Nací, en pasado, pero sin especificar porque… bueno,
porque no me acuerdo la verdad. Pero heme aquí, lanzando mi historia para todo
aquel que quiera escucharla, aunque la conozca aún a trozos. Quiero contaros la
historia de una vida que nunca fue, salvo en las entendederas de un ser que ni
alcanzo a comprender. Tampoco hablé nunca con él, ni lo he visto, ni tengo
ninguna prueba física de su existencia. Nunca sabréis con absoluta certeza de
que está ahí, haciendo de titiritero de este joven monigote.
Certeza que yo, sin
embargo, sí tengo.
Finjamos por un
momento que estoy loco de atar, que todo es producto de mi imaginación. Desde
luego, podría explicarse con multitud de dolencias de la mente. Creámonos, por
un instante, que nací hace algo más de 34 años.
Mi padre fue un
prometedor auror del gobierno americano, con un espléndido futuro por delante,
hasta que se enamoró de una muggle. Por aquel entonces, en la comunidad mágica
estadounidense seguían estando mal vistas las relaciones entre magos y muggles,
además de quedar completamente prohibido su unión en matrimonio. Por ello mi
padre, por amor, dejó su vida y su carrera y viajó a Inglaterra, de donde era
su amante. Se casaron y fruto de su unión nací yo.
Supuestamente.





