Existen nudos de garganta, cerrándose tan fuertemente, que capaces son de retener cualquier cosa. No dejan escapar el aire, sólo resuellos que ni a formar palabras alcanza. No dejan pasar, más allá de su entuerto, ni la más mísera gota de sangre. Tus brazos se entumecen, tus muñecas dejan de responder y tus dedos ya no se mueven al son de sus pensamientos. Ese nudo retiene ante sí, cuan muro de acero, cada sentimiento, pensamiento y manifestación del alma que de tu cerebro brota. Detiene tus ideas hechas palabras, hechas de aire o tinta, mas palabras.
Maldita sean esos nudos que paralizan, que silencian completamente. Ni tus labios se mueven, ni tus gestos expresan nada, ni siquiera puedes escribir lo que sientes, pese a tener las manos liberadas. Sólo tus ojos alcanzan a decir algo, vagamente. Son nudos que detienen aire, tinta y sangre. Que emponzoñan tu mente con pensamientos estancados que pronto serán olvidados.
Bendita esa mano de gracia marinera que a desatar el embrollo llega. Que se aferra a tu garganta para devolver el flujo que ella mismo cortó. Que devuelve el aliento a tu boca, la pluma a tu mano y la sonrisa a tu rostro.
Porque el río debe seguir su curso para correr claro y sereno, retén cerca tuya a esas sanadoras manos. Pues los nudos volverán y el ahogo con ellos, pero fluir el río debe, sin cese.
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viernes, 17 de agosto de 2018
jueves, 16 de agosto de 2018
Ese día te noté a mi lado
Supongo que hasta que no crezca un poco más, endurezca sus rasgos y pierda esa risueña cara, me seguirá recordando a ti.
Era su cumpleaños y él pura energía. No cabía en su piel de la emoción, como cualquier niño a la tan corta edad de cuatro años. Ni dejaba al resto, ni paraba él de hablar. Todos disfrutaban de esa brisa de alegría en forma de sonrisa infantil en una familia que siempre ríe, por muy malos que sean los momentos. Y yo lo hacía el doble, porque no podía evitar ver tu mano sobre él. Un niño que no te recordará, que no te amará, que no te llamará tata; pero uno que te tuvo, que te amó y amaste, y al que cambiaste para siempre.
Era su cumpleaños y él pura energía. No cabía en su piel de la emoción, como cualquier niño a la tan corta edad de cuatro años. Ni dejaba al resto, ni paraba él de hablar. Todos disfrutaban de esa brisa de alegría en forma de sonrisa infantil en una familia que siempre ríe, por muy malos que sean los momentos. Y yo lo hacía el doble, porque no podía evitar ver tu mano sobre él. Un niño que no te recordará, que no te amará, que no te llamará tata; pero uno que te tuvo, que te amó y amaste, y al que cambiaste para siempre.
viernes, 22 de febrero de 2013
La cama de los horrores
Con el corazón encendido en miedo, se introdujo entre las sábanas. Miedo, no a dormir y olvidar, sino a despertar. Miedo a cerrar los ojos y dejar de soñar.
sábado, 20 de octubre de 2012
Medio lleno o medio vacío
El pesimista ve el vaso medio vacío. El optimista medio lleno. El realista lo ve, sin embargo, completamente lleno: mitad agua, mitad aire.
El pesimista echa de menos lo que ha perdido. Recuerda que no volverá a recuperarlo y desespera hasta tal punto que olvida de la generosa porción de agua que aún le resta.
El optimista olvida la pérdida, olvida el dolor. Se centra en lo que tiene y en lo que puede llegar a hacer con él. Sólo quiere lo que ve, lo invisible lo destierra para siempre.
El realista recuerda. Sabe que donde ahora hay aire, antes hubo agua. No se olvida de la porción perdida de ésta, sino que usa esa memoria para no volver a perder el resto de agua que aún posee. Tampoco olvida al aire, aquel elemento invisible y desconocido que ha sustituido a su preciado líquido. El aire palia el dolor de la pérdida, rellenando el espacio que el agua dejó, a la vez que abre un nuevo abanico de posibilidades ante sí. Sigue en posesión de una suficiente porción de su querido y transparente amigo, a la vez que pretende descubrir qué hacer con el nuevo y misterioso elemento al que no puede ver, oír o saborear, pero que sabe que ahí está. Y sabe también que lo usará para su beneficio, aunque desconozca aún cómo.
El pesimista echa de menos lo que ha perdido. Recuerda que no volverá a recuperarlo y desespera hasta tal punto que olvida de la generosa porción de agua que aún le resta.
El optimista olvida la pérdida, olvida el dolor. Se centra en lo que tiene y en lo que puede llegar a hacer con él. Sólo quiere lo que ve, lo invisible lo destierra para siempre.
El realista recuerda. Sabe que donde ahora hay aire, antes hubo agua. No se olvida de la porción perdida de ésta, sino que usa esa memoria para no volver a perder el resto de agua que aún posee. Tampoco olvida al aire, aquel elemento invisible y desconocido que ha sustituido a su preciado líquido. El aire palia el dolor de la pérdida, rellenando el espacio que el agua dejó, a la vez que abre un nuevo abanico de posibilidades ante sí. Sigue en posesión de una suficiente porción de su querido y transparente amigo, a la vez que pretende descubrir qué hacer con el nuevo y misterioso elemento al que no puede ver, oír o saborear, pero que sabe que ahí está. Y sabe también que lo usará para su beneficio, aunque desconozca aún cómo.
sábado, 23 de junio de 2012
Aquí y Allí
Hoy despertó en un mundo extraño. Allí, hace una década, no fue tan cauteloso. Allí, años atrás, no antepuso la lógica y la amistad a la locura y el romanticismo. Allá maduró antes, aunque no más que aquí, ni mejor. Allí su primer beso se adelantó a un sucio cuartucho del laboratorio de ciencias. Menos bucólico que el atardecer en la playa de acá, sí, pero prematuro, como casi todo todo lo demás allá. Allí dejaron su amistad sin fin a un lado, abrazando aquel nuevo “ellos” con fecha de caducidad.
jueves, 3 de mayo de 2012
Pecho henchido, mentón erguido.
Caminaba aquel señor con pecho henchido y mentón erguido, orgulloso de su más lustrosa prenda. No tenía reparos en lucir esa tela que resplandecía bajo el sol y que no sólo osaba reflejar sus rayos, sino todo aquello que sobre ella se posara. Cada golpe, cada roce, cada elogio y alabanza sobre él resbalaba, cual gotas de rocío. Se sentía protegido del exterior sin con ello aislarse de éste. Se hallaba imperturbable ante todo y ante todos bajo él. Era al mismo tiempo su más firme escudo y el más cálido de sus mantos.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Érase una vez un hombre que eran dos
Érase una vez un hombre que eran dos. Un hombre que sólo podía amar y que no sabía hacer más nada que odiar. Un tipo alegre y eternamente deprimido, atento y despreocupado, afable e irascible. Solía escribir odas al amor y buscar el placer bajo decenas de faldas. Echaba de menos y buscaba la soledad, dormía tras el ocaso y vivía en la noche. Plantaba y talaba, construía y derruía. Imaginaba noches en vela de abrazos eternos y fantaseaba con la excitación de cada rostro nuevo. Soñaba despierto y siempre dormía. Se dejaba llevar, remando contra corriente. Vivía por vivir, moría por matar. Añoraba cada recuerdo y no echaba jamás la vista atrás. Apostaba por su buen sino y no dejaba nada al azar. Afrentaba y conciliaba, aprendía y olvidaba.
Érase una vez un hombre que era uno. No sé si amaba u odiaba. Si reía o lloraba. Si vivía o moría, ni si una vez supo o nunca olvidó. Sólo sé que me miraba, fijamente, escudriñando mi alma desde el otro lado del espejo.
Y ahora no sé si soy yo o él quien sonríe, si es el mío o su reflejo.
Érase una vez un hombre que era uno. No sé si amaba u odiaba. Si reía o lloraba. Si vivía o moría, ni si una vez supo o nunca olvidó. Sólo sé que me miraba, fijamente, escudriñando mi alma desde el otro lado del espejo.
Y ahora no sé si soy yo o él quien sonríe, si es el mío o su reflejo.
sábado, 10 de diciembre de 2011
¿Lo tomas o lo dejas?
Los más duros dilemas de la vida no son aquellos que te obligan a tomar una decisión para poder continuar. No son aquellos que guían tu vida, que tuercen tu camino hacia un lado o hacia el otro. Estos dilemas impuestos no son más que parte del paradigma de la vida humana. Decisión tras decisión conformamos lo que fuimos, somos y seremos. Pueden ser decisiones duras, no dudo de ello, pero el simple hecho de no poder evitarlas, el hecho de que tengas que decidir una opción sin poder volver la espalda y olvidar el problema, las hacen, en mi opinión, menos importantes. Definimos nuestro yo a base de decisiones y firmeza o flaqueza, la determinación o incoherencia con que elijamos dependerá de nosotros mismos. Dependerá de cuán alto apuntemos, de lo que busquemos y de lo que queramos arriesgar. Nada más. Dilemas así pueden ser difíciles de reflexionar, pero en la medida que son inexorables son también menos complejos e irrelevantes.
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