miércoles, 21 de marzo de 2012

Miradas en el tren

Como no podía ser de otro modo, llegaba tarde. El tiempo, el atmosférico, tampoco ayudaba a la carrera. Tras unos días de adelantado calor, el día había amanecido lluvioso y el bochorno dominabas las calles. Mirada al reloj, pequeño acelerón, nueva mirada al reloj. Sin saber cómo me pierdo en cualquier vano pensamiento para darme cuenta que he bajado el ritmo. Acelero de nuevo tras fustigarme mentalmente para llegar a la estación a la vez que el tren que debía tomar.

Había llovido, así que para nuestra queridísima compañía ferroviaria volvíamos a estar en invierno y el vagón era un horno. Sobraba la sudadera, la chaqueta y hasta la piel, si me apuras. Saqué a dos tipos de mis asientos. ¿Nadie se sienta en los suyos los viernes? Subí el macuto y me deshice de la ropa sobrante. Tras la última capa de tela y una bocanada enorme de aire, descubrí que dos ojos se habían fijado sobre mí. El vagón entero seguía a lo suyo, pero aquella clara mirada me seguía mirando sin saber por qué. Sonreí tontamente, y me senté, perdiéndome tras el respaldo del asiento que nos separaba, rojo como un tomate.

Cuando me aclimaté a la atmósfera del tren y me puse cómodo, me dispuse a deleitarme de nuevo con aquella dulce mirada. Entre los resquicios de los asientos la busqué, para sorprenderme con que ella también buscaba la mía. Un par de sonrisas tímidas y de nuevo me perdí tras el respaldo del asiento. Pensé por un momento en decirle algo, pero raramente podría acercarme a ella, por lo que me conformé en observar su reflejo, entreteniéndome en seguir sus ojos color cielo mientras estos parecían otear el horizonte, moviéndose ágilmente de detalle en detalle a través de la ventana.

Se apeó en mi estación y nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Llevados por la multitud, ambos nos dirigimos hacia la salida, pero esta vez me había decidido en conocerla. Esperaría a que el gentío se disipase.

Tras los límites del edificio la encontré de nuevo, esperando a alguien. Enésima mirada cruzada, enésima sonrisa. Un chaval se le acerca a ella y ve cómo me observa. Se acerca a mí, rezumando feromonas y marcando terreno cuan macho alfa. La miro como diciendo "¿en serio, este tipo?" y ella parece entenderme, porque sin dejar de sonreírme se limitó a torcer la cabeza y encogerse de hombros. Yo hago lo propio, obviando al cabrío en celo, y continúo mi camino.

Ahora me río recordando esto, pero lo cierto es que aquella hechizante mirada me sigue persiguiendo en sueños y en ellos el mundo es un poco más justo, más coherente. En ellos ella no esperaba a nadie en la estación, salvo a mí.

1 comentario:

Adrián dijo...

Por si acaso, procura pedir el número de teléfono antes de bajar del tren, pues quien espera en el andén de destino no esperará en el de origen.

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