domingo, 22 de enero de 2012

Sin acero

Había sido arrastrado hasta aquel árido páramo mientras estuvo inconsciente. Aún conservaba la cordura, pero no tardaría en perderla. Con torpeza y dificultad, recobró la verticalidad al tiempo que cada hueso se desentumecía, doliéndoles. Miró hacia abajo para comprobar que su armadura seguía en su lugar. Su mirada se desvió a un brazo, luego al otro, como si no esperara encontrarlos ahí. Lo que ya no pasaba por su mente era hallar en ellos su espada, pues hacía tiempo que no sentía el peso del metal en su mano.

Giró la cabeza, intentando orientarse sin éxito. Intuyó el camino de vuelta por las marcas que su propio cuerpo había dibujado en el terreno. Quizá no fuera buena idea volver a la batalla desarmado, pero la alternativa no era mucho más halagüeña. Si tomaba otro camino sólo acabaría perdido bajo el asfixiante calor.

Emprendió su fatigoso camino de vuelta, bajando la vista de cuando en cuando para no perder el rastro. Poco a poco, como cuando la matutina niebla deja paso al sol del mediodía, las siluetas de la contienda se fueron formando ante sus ojos. Allá en el horizonte se erigían columnas de humo entre las figuras quebradas de los edificios. Conforme avanzaba, su atención se fue apartando del fuego y las ruinas para centrarse en el macabro relieve que conformaban las decenas de cuerpos, mutilados y cercenados, sobre un manto carmesí. La lucha había sido violenta y las bajas se sucedían en ambos bandos, pero no había supuesto jamás que aquella refriega hubiera concluido en semejante carnicería.

Doblegó su voluntad y se forzó a continuar con la banal búsqueda de alguien con vida. Pero nada vivo restaba allí. Como pudo, fue enumerando en su mente cada enemigo y aliado, para acabar por concluir que ambos bandos habían sido arrasados, como si la peste los hubiera embebido, enfermado y asesinado en un instante.

Una estúpida sonrisa se dibujó en su rostro. La ironía despertó su más irracional humor en aquel escenario de muerte. La ironía de haber pensado, momentos atrás, que se abalanzaba hacia su óbito al volver al combate sin un acero con el que defenderse. Y fue esa ironía quien colmó el vaso de su mente, dejando a la locura apoderarse de ésta. Y rió. Su carcajada se extendió por aquel cementerio de lechos al descubierto. Rió sin control, hasta que los fuegos se extinguieron y las azabaches columnas de humo se disiparon. Carcajeó hasta que la tierra bebió la sangre de los caídos y los cuerpos inertes se irguieron en torno a él, hasta que la ciudad cobró vida tan sólo para detenerse a observar como la demencia se apoderaba de aquel desdichado ser.

Al fin había vuelto, sin acero pero pletórico de valor, para asimilar nada más llegar que no había enemigo al que combatir desarmado. Nadie había quién le deseara daño, pero seguía sintiéndose amenazado y de pronto recordó porqué. Las voces acalladas de su mente recobraron su vigor, colmándole de nuevo de amenazas, hundiéndolo en el terror, en el miedo a su propia existencia.

Sin espada, sin pluma, desnudo frente a su destino, su sabiduría se tornó locura. Chiflado ahora, más que nunca, su mano volvía a asir el cálamo de su vieja herramienta. Irremediablemente loco, recobró el orden de las voces de su perturbada mente. Volvía a estar armado y era tiempo de bañar el campo de batalla, no con sangre, sino con cetrinos trazos con los que contar al mundo que volvía a ser feliz, que volvía a estar locamente cuerdo.

2 comentarios:

Adrián Santiago dijo...

Cuando llegue a casa volveré a leerlo, para saborearlo.
Un abrazo.

Juanfra dijo...

Gracias. Me alegro que te haya gustado.

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