miércoles, 29 de mayo de 2013

El bardo que solo a la luna llena cantaba

Su hogar siempre fue el camino.

Sus padres pertenecían a una troupe itinerante de artistas que formaban una gran familia. Nunca había conocido el calor de una casa, ni la amistad duradera, pues no permanecían en un mismo lugar más de una semana. En carromatos, visitaban pueblos a lo largo y ancho de Inglaterra y ofrecían sus espectáculos. Tenían un mecenas noble que le servía de acreditación para actuar por todo el país, pero aún así no gozaban de buena reputación. Se dedicaban a actuar en espectáculos sobre obras clásicas, en tocar en tabernas y fiestas populares, pero seguían cargando sobre sus hombros la inmerecida mala fama de liantes y estafadores que muchos falsos músicos itinerantes le habían otorgado.


Jaskier aprendió a cantar y tocar el laúd casi antes que a hablar. Sabía larguísimos discursos y conversaciones que debía memorizar para las actuaciones. Su vida giraba en torno a los escenarios, el teatro y la música. Era incapaz de concebir una vida sin ella: sin música no era más que un cascarón vacío.

Si con la mala fama acumulada a lo largo de los años no fuera suficiente, la troupe itinerante de Jaskier ganó un nuevo enemigo, mucho más poderoso que las miradas furtivas y desaires de los pueblerinos. Uno de los sectores más conservadores de la iglesia anglicana comenzó a ver con mal ojos la labor de estas compañías de músicos. Consideraban herejía la mayor parte de su repertorio e inadecuado, como poco, el resto. Por ello, por esa época, comenzaron una persecución religiosa en contra de estos grupos. Al principio fue una operación casi furtiva, pero cuando las piras donde quemaban a brujos y herejes se acumulaban en los caminos, conforme fueron ganando simpatizantes entre el pueblo llano, ese sector de la iglesia fue ganando poder hasta llegar a no ocultarse nunca más.

Con lágrimas en los ojos tras haber visto arder a la mitad de su troupe, Jaskier consiguió escapar con la ayuda de sus padres. Estos no pudieron acompañarle y el joven no quiso abandonarlos, pero el miedo lo poseyó cuando descubrieron la huida, echando a correr sin mirar atrás. Pasó semanas en los bosques, evitando los caminos principales. Malnutrido y harapiento, cuando hubo pasado suficiente tiempo y había logrado poner suficiente distancia de por medio, Jaskier se aventuró a abandonar los terrenos lacustres y buscar cobijo en alguna ciudad antes de que llegara el invierno.

Sin música con la que canalizar toda su tristeza, ocultó en lo más profundo de su ser la desgracia que le acababa de acontecer, enterrándola bajo gruesas capas de falso olvido. Como si fuera una mera sombra de sí mismo, vagó por las calles de una ciudad costera que lindaba con Londres, sobreviviendo como pudo. Recuerda aquella fase de su vida como una pesadilla inusualmente larga; todo es neblina y nada puede recordarse nítidamente. Aprendió a robar por necesidad. Pedía limosna y de vez en cuando visitaba alguna iglesia que sabía repartía lo que les sobraba a los sacerdotes de comer. Malvivió durante dos años y medio, sin ningún propósito en la vida más que la férrea voluntad de permanecer vivo. Seguía recordando en sueños las caras de los soldados de la iglesia que lo habían capturado y los fantasmas de su familia en llamas se les seguían apareciendo, no siempre mientras dormía.

Lo inevitable llegó. Por muy cuidada que tuviera su habilidad de robo, en épocas de necesidad no le llegaba lo suficiente con lo poco que conseguía pidiendo, por lo que tenía que aumentar la cantidad de pequeños hurtos que cometía. Fue cuestión de probabilidad que lo acabaran sorprendiendo en mitad de uno de sus intentos.
El noble se apartó de él y llamó a los guardias, que no tardaron en llegar. Jaskier corrió por las calles que tenía casi memorizadas en su mente, pero la guardia no le perdió el rastro. En los cortos instantes que se permitía mirar a sus persecutores, el joven veía los rostros de los soldados religiosos que le perseguían en sueños. Sumido en la profunda convicción de que aún lo perseguían por herejía y brujería, pese a que aquellos hechos estuvieran más que olvidados, Jaskier siguió huyendo. Estaba seguro que lo identificarían y llegó a la resolución de que debía abandonar la ciudad y el país. Escabulléndose entre bultos, con las habilidades de subterfugio que una vida en la mendicidad y el pillaje le habían otorgado, se coló de polizón en uno de los barcos del muelle. Dejó en manos del azar su próximo destino.

Por una vez en su corta vida, la suerte le sonrió. Podría haber entrado en un buque de guerra o en un barco de contrabando, pero se topó con un navío mercante que iba a Nuevo Mundo. Por ello, cuando acabaron por descubrirlo, no lo echaron por la borda o apresaron, sino que lo enrolaron en la tripulación como mozo. Aunque le destinaron los peores y más escatológicos quehaceres, Jaskier se sintió a gusto por primera vez en años. Tenía comida suficiente para no pasar hambre, dormía en una dura litera, pero suave como lecho de plumas comparado con los tejados de la ciudad. El viento fresco y salado, la inmensidad del mar y el largo viaje a través de los océanos despejó una parte de la mente que había quedado dormida, arrastrando con ella algunos fantasmas de su pasado.

Había identificado entre la tripulación alguien que, como él, no parecía un marinero. Quizá la mejor prueba es que se pasó casi la primera semana de travesía echando por la borda más de lo que conseguía retener en el estómago. Algo le era familiar en aquel viajero, pero no alcanzaba a averiguar qué. Una noche de cielo despejado, cuando Jaskier estaba demasiado cansado hasta para dormir, se encontraba observando las estrellas en cubierta. El mar estaba en calma y parecía sumido en un amplio silencio. Y de pronto, como si los ángeles despertaran de su letargo, un laúd comenzó a sonar. Ni tan siquiera giró la cabeza para localizar su origen, en el fondo ya sabía quién lo tocaba. Simplemente se quedó quieto, dejando escapar una lágrima mientras miraba el firmamento, conforme cada acorde que el músico rasgaba le traía un pequeño trozo de su sepultado dolor.

A la mañana siguiente se sintió más vivo que en mucho tiempo. Había recuperado su tristeza, pero ahora sabía cómo combatirla. La música había vuelto a su mundo. Y de pronto lo vio todo claro. Si algo conseguía devolverle las ganas de vivir, sería la música que le dio vida.

Al aproximarse a las costas del Nuevo Mundo, el barco mercante fue asaltado por un navío pirata. Estaban lo suficientemente cerca de la costa como para que Jaskier no se lo pensara dos veces y saltara por la borda para alcanzar a nado la playa. Su nueva vida comenzaría en la primera ciudad que encontrara.



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“Yo te maldigo ante los dioses, una y cien veces.
Que tu música solo sea oída por la luna llena,
que tus aullidos la busquen en las noches negras.
Yo te maldigo ante los dioses, una y mil veces.”


Lo último que se le cruzó por la mente antes de perder el conocimiento fue un comentario satírico, una broma que no pudo pronunciar: “Y ahora poesía. Genial”. Y es que como todo buen músico itinerante que se precie, a Jaskier la poesía le parecía tan manida y vacía como una comida sin especias. Las rimas debían acompañarse con las melodías de una dulce voz, con los acordes arañados a un laúd, todo el mundo lo sabía. Pero aquello no era poesía, aquello era algo que escapaba a su conocimiento. Algo que suponía el fin de su vida tal y como la había conocido hasta ahora.


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Los harapos que le habían dejado en el barco mercante poco le duraron. Nadie en su sano juicio emplearía a un andrajoso como él, ni para el más bajo de los trabajos. Le gustaría que escribiera que no robó más desde que abandonó Inglaterra, pero lo cierto es que al principio tuvo que adquirir algo de dinero para invertir. Robó poco, lo justo, no quiso arriesgarse. Una vez consiguió ropa decente, un buen afeitado, un corte de pelo decente y dejar de oler a estiércol, se dispuso a buscar algún trabajo de poca monta. Estuvo así semanas, pero lo que conseguía apenas le daba para vivir. Poco a poco comenzó a darse cuenta de que le sería imposible ahorrar lo suficiente para comprar un laúd, aunque fuera de segunda mano. Sin él, su carrera como bardo estaría acabada antes de empezar.

También tenía claro que no quería robar, así que se le ocurrió una idea que solo un artista de troupe podía llevar a cabo. Ya había localizado un pequeño local con algunos artículos de empeño. Allí había un laúd no muy lujoso, pero que llenaría las tabernas fácilmente. Sin embargo no podía robar un laúd como si fuera un saquito de monedas. Es fácil, con la práctica, deslizar la mano bajo las ropas de un despistado transeúnte y sutilmente descolgarle la bolsa. Antes de que su víctima pudiera girar la cabeza, Jaskier ya podía tenerla oculta y estaría saludando con un ademán educado al pasar junto a él. Pero con el baúl no le valían esas tretas. Tendría que ser más creativo.

Había elegido sus mejores ropas para el día del espectáculo. Aunque estaban un poco gastadas, podría parecer el hijo de algún ricachón heredero que, simplemente, ha tenido un duro y agotador viaje. Se plantó frente a la puerta, respiró hondo mirando al piso y se sumió en su papel. Entró con mentón erguido y paso distinguido como si poseyera aquel establecimiento.

— ¿Qué va a ser? — preguntó el tendero con desgana, sin siquiera levantar la cabeza.

— ¿¡Qué va a ser!? — imitó Jaskier, con su mejor acento noble. — ¿Quieres decir con eso decir que no está listo?

Sonaba irritado. Quizá esa fue la señal que finalmente hizo al dueño del local levantar la vista. Su rostro pareció cambiar al instante. La pose erguida, la resolución que solo el hijo mimado de un noble podría tener, la ira que sus ojos centelleaban. Jaskier sabía cómo trataban a la plebe las clases altas, lo había sufrido en sus propias carnes en sus angustiosos días en la ciudad inglesa. Y sabía cómo reaccionaban a dicha prepotencia.

— Yo- yo... — balbuceó. — No sé si...

— ¿Acaso no sabe quién soy? — se llevó una mano a la cara sin esperar que respondiera. — Vengo a por mi laúd. No me diga que después de un mes entero no lo tiene aún arreglado.

— No sé... — aquel tipo dudó y se calló. No tenía ni idea de qué hablaba el joven, pero sabía que no quería llevarle la contraria a alguien tan influyente como el que tenía delante. — No está listo señor.

— ¿Con qué se supone que tengo que practicar ahora? — preguntó, al borde de la cólera. — Vengo de un viaje larguísimo, — Se señaló sus ropas, probando sus palabras. — ¿y me estás diciendo que ahora no podré practicar, después de tanto tiempo sin hacerlo? Tengo los dedos entumecidos, debería estar tocando hace horas para no perder...

— No tengo su laúd. — interrumpió. Querría haber dicho que “ni lo tendría jamás”, pero ni siquiera pudo aguantarle la mirada a Jaskier tras interrumpirle. — Pero podría practicar con ése.

El tendero señaló al laúd de segunda mano que había en el expositor. Jaskier se volvió con cara de pocos amigos, como diciéndole a aquel buen hombre que no era tiempo para bromear. Era un buen laúd, pero no tanto como para las delicadas manos de un noble.

— ¿Hablas en serio?

— Mientras acabo el arreglo del suyo, señor. — se apresuró a añadir. — ¿T-tiene el resguardo? — Jaskier abrió más aún los ojos. — Para comprobar de qué laúd se trata.

— Venga ya. No irá a decirme que en esta tienducha alguien más le ha dejado tan buen instrumento para que lo arregle. — Su tono había cambiado completamente. Parecía incluso bromear. — Me llevaré este para practicar, pero si me rompo un dedo, mandaré a que le rompan a usted dos. — “¿Entendido?”, gritaba su mirada. — En tres días vendré con esta basura y su resguardo para recuperar mi laúd.

— ¿No va a pagarlo?

Jaskier ni se molestó en pararse para contestar, pero tampoco nadie le detuvo el paso.


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La vida le sonreía. Desde su más temprana infancia hacía que no se sentía tan bien. El recuerdo de sus padres seguía ahí, formaba parte de él, pero había conseguido retomar su vida aunque la hubiera postergado tantos años. Al principio vivía un poco de las propinas, tocando en distintas tabernas de un grupo de pueblos cercanos a la costa. Pero poco a poco su excepcional música le fue abriendo puertas. Consiguió caer simpático a un posadero que le ofreció uno de sus peores cuartuchos a cambio de que tocara asiduamente en su local. También podría comer allí. Eso le propició mayor libertad para componer y moverse por otros lugares.

Pronto lo conocieron por Jaskier Dedosligeros, o Dedosligeros simplemente. Jaskier no podía evitar reír para sí cada vez que escuchaba aquel sobrenombre: parecía que elogiaban su pericia al robar, más que al tocar el laúd. Viajaba mucho, repartiendo su música por las distintas islas del Caribe, cuando le concedían permiso en la posada. Estos permisos eran hasta de semanas a veces, ya que la enfermedad del dueño le obligaba a cerrar el local muchas noches.

Había llegado a una pequeña isla donde solo había unas pocas y aisladas aldeas. El resto de la superficie estaba ocupada por largas extensiones de jungla donde los salvajes residían. Aún así, aquellas pequeñas aldeas eran el único nexo de unión con la civilización y hacía mucho que los salvajes y los aldeanos habían perdido el miedo mutuo, aunque seguían tratándose el mínimo indispensable. La semana que estuvo en aquella isla, Jaskier se cruzó un par de veces con una joven salvaje de hermosura tan natural que ensombrecía a cualquier pueblerina de los alrededores, aún sin maquillaje ni ostentosas vestimentas. El joven pelirrojo la había sorprendido mirándole un par de veces mientras tocaba en la plaza del pueblo, una de esas canciones subiditas de tono que tanto gustan a los aldeanos. No tardó en centrar su atención en ella y al cabo de un par de días la hubo cortejado, ayudado por la inocencia de la joven salvaje.

El romanticismo rodeaba a la vida de un bardo, pero nunca llegaba a tocarlo. Eran muchas las que cedían a los encantos de su dulce voz y su asombrosa habilidad con el laúd. Después de tocar había despertado tales sentimientos en las mujeres del lugar que no le era complicado vivir un romance cada vez que viajaba. O dos. Pero no eran más que banales relaciones que duraban días, a lo sumo. Aunque hubiese querido no podría haber tenido alguna relación estable dado la intensidad de su trabajo. Si lograra encontrar un mecenas que lo avalara podría relajarse un poco y pensar en plantar cabeza, pero su lengua no paraba de meterle en problemas, espantando a los pocos ricachones que se le acercaban. En definitiva, de efímeros romances vivía y aquella ocasión no iba a ser distinta.

Lo salvajes, por el contrario, tenían otra manera de ver la vida. Cuando el padre de la joven, que resultó ser el chamán de la tribu, se enteró de sus encuentros, intentó ser comprensivo y propuso unir a los jóvenes en una especie de arcaica celebración de matrimonio. Con este propósito, aunque ocultándoselo, la joven salvaje guio a Jaskier hasta su tribu. Éste la siguió, pensando que sería algún otro juego, que irían a buscar la privacidad de la jungla. Se paró en seco cuando vio adónde se dirigía. Tras unas pocas palabras dulces de la joven, Jaskier cedió y continuó su camino hasta el centro del asentamiento salvaje, donde parecía que toda la tribu se había reunido. Aunque quizá siguiera caminando al ver los guerreros que se acercaban para escoltarlos y no por complacer a la joven.

— ¿Preparado para unirte a Pentha ante los dioses? — preguntó con un marcado acento. El chamán y padre de la joven parecía no querer andarse con rodeos.

— ¿Disculpa?

— Dioses aquí para unir vuestras almas.

— ¿Estás de coña? — rio, comprendiendo finalmente. Toda la tribu enmudeció.

— Tú deber vivir con Pentha, dar hijos y servir tribu. — añadió el chamán, reuniendo la poca paciencia que le quedaba.

— Ni hablar. — contestó Jaskier seriamente.

Tiró de la mano de la joven que le sujetaba la muñeca y dio un par de pasos hacia atrás. Casi al unísono, una perlada lágrima recorrió la oscura mejilla de Pentha, pues sabía qué significaba aquel desaire en un lugar sagrado como aquel.

— Tú insultar nuestros dioses. — dijo el chamán mientras hacía un ademán para que los guerreros detuvieran la torpe huida de Jaskier. Parecía esbozar una sonrisa divertida, como si esperara aquella resolución de los acontecimientos. — Ahora necesitan sacrificio, dioses enseñar a ti su ira.

Al caer la noche se encontró atado a un tronco en el centro de un círculo que habían dibujado los ayudantes del airado chamán. Bailaron en torno a él, bebieron extraños brebajes y lo escupieron sobre su capa verde. Siguieron danzando durante horas hasta que el padre de Pentha se le acercó, ataviado con sus vestimentas de brujo. Durante sus viajes había aprendido lo suficiente de aquel primitivo lenguaje como para entender el hechizo que tendió sobre él.

Tras aquel extraño poema, Jaskier había perdido el conocimiento. Despertó en el mismo lugar donde se había realizado aquel ritual, pero estaba desatado. Un rápido vistazo al cielo para localizar la luna llena le indicó que aún quedaban un par de horas para el amanecer. Supuso que Pentha se había apiadado de él y lo había liberado cuando todos dormían, pero no estaba dispuesto a comprobar su teoría sino a abandonar la jungla bajo el amparo de la noche lo antes posible. Recogió su laúd que había dejado a las afueras del pueblo, se ajustó su capa en torno a su cabeza para mimetizarse con el entorno y corrió como si le persiguiera el demonio.

No llegó muy lejos. Cuando la luna se ocultó para dar paso al sol, Jaskier cayó al suelo. Una repentina punzada de dolor le recorrió cada músculo de su cuerpo, tan intensa que volvió a desmayarse. Se despertó envuelto en un millar de fragancias y distraído por los sonidos de la jungla que ya no eran un mero murmullo en sus oídos, sino una sinfonía alta y clara. Fue a echar mano a su laúd, pero lo que se posó sobre la madera de éste fue una zarpa blanca y rojiza. Dio un salto al instante, asustado, pero su asombro aumentó aún más cuando vio cuánto se había elevado en el aire y el poco esfuerzo que le había costado. Aterrizó sobre cuatro patas, tremendamente confuso. Trató de erguirse y correr, pero trotó sin levantarse del suelo y salió huyendo. Encontró un pequeño charco donde se asomó, descubriendo su nuevo rostro. De pronto lo comprendió todo. Las palabras de ese torpe poema se repetían vertiginosamente en su cabeza, una y otra vez, hasta que casi enloqueció y corrió de nuevo. Volvió junto a su laúd, esperando encontrar sus ropas además de éste. Sin embargo su capa había quedado reducida al pañuelo que rodeaba su peludo cuello y el resto de sus prendas parecían haberse esfumado. Entre sus fauces posó su instrumento, con la misma delicadeza que lo hubieran hecho sus entrenados dedos, llevándolo y guardándolo en el vacío tocón de un árbol que encontró.

Corrió, o más bien galopó, hasta donde había despertado horas atrás, pero no encontró nada salvo el árbol al que había sido atado. Ya estaba bien entrado el día y aquella tribu se movía por toda la isla, por lo que no fue extraño no encontrarlos allí. Jaskier los buscó durante días, incansable, sin pararse a buscar algo que comer, pero no había ni el más mínimo rastro de ellos. Se habían esfumado de la isla, o eso pensó el cachorro de pelaje rojizo cuando, rindiéndose, puso rumbo a la costa. A la civilización.


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No es que aquello tomara por sorpresa a Jaskier, pero un perro que habla no es bien recibido en ninguna parte. Pronto aprendió a callar y comportarse como un perro más del lugar, obteniendo como premio a su buena conducta algún alimento de vez en cuando, por parte de los aldeanos. Continuaba viajando a menudo al interior de la isla, en busca de la tribu de Pentha, pero no había conseguido encontrar ni la menor señal de que siguieran en la zona.

Pronto aprendió a cazar, aunque quizá esa sea una errónea forma de describirlo. Más bien se dejó llevar por sus instintos animales y comenzó a buscar la carne fresca en la jungla, desdeñando las sobras de los pueblerinos. Conforme el tiempo pasaba, su lado salvaje se adentraba más en su mente y Jaskier, sin voluntad de vivir, se dejaba llevar.

Los años pasaron y Jaskier ya había viajado por varias islas, colándose en los navíos. Buscaba algún hogar caliente en las noches de invierno, comida y, por último en su lista de prioridades, la solución a su gran problema. Solo en los momentos de lucidez, cuando el humano que llevaba dentro recuperaba el dominio sobre sí, investigaba como podía, intentando encontrar la manera de eliminar la maldición que habían impuesto sobre él. Pero esos momentos eran cada vez más escasos. Ya no hablaba, aunque fuera solo, para seguir recordando el sonido de su voz. El perro tenía dominio casi total sobre sí. Con el paso del tiempo, hasta razonaba como tal y las noches de luna llena que pasaba como humano no eran más que recuerdos lejanos, casi oníricos.

Por aquel entonces, cuando la verdadera aventura de su vida está a punto de comenzar, Jaskier había olvidado quien era y vagaba sin esperanza por el Caribe. Solo un giro del destino podría recordarle que seguía habiendo un humano bajo tanto pelaje, sino su maldición habría surtido efecto y, poco a poco, habría acabado con la vida el bravucón Jaskier: el bardo que ya solo cantaba a la luna llena.

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